César Jiménez, desde el Vaticano: “El cambio climático golpea primero y más fuerte a las infancias”

“Las chicas y los chicos tienen derecho a un ambiente sano”, señaló desde el Vaticano César Raúl Jiménez, coordinador del Capítulo Argentina de Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU). Fue durante su exposición en el encuentro “Jueces, litigancia climática y derechos humanos”, celebrado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas Fray Bartolomé de las Casas (IFBC) el 6 y 7 de octubre en la Santa Sede, donde compartió la experiencia que acumuló en los más de veinte años en que fue juez de menores en Posadas, provincia de Misiones.

“Según UNICEF, casi la mitad de los chicos del mundo ya vive expuesta a varios peligros climáticos a la vez, y en nuestra región eso le pasa a uno de cada tres”, señaló Jiménez, quien agregó que “en la Argentina, además, la pobreza tiene cara de infancia: 43% de niños crecen en un hogar pobre, frente al 28% de la población general”. En esa intersección, sostuvo, “la pobreza es justamente lo que convierte una tormenta en una tragedia”, y recordó que es justamente lo que el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas define como “una forma de violencia estructural contra la infancia”.

Ante los cerca de 60 magistrados, magistradas y especialistas de todo el mundo reunidos en Casina Pio IV, sede de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, el coordinador de COPAJU Argentina citó el caso de las comunidades aborígenes mbya guaraní de su provincia: “Pensemos en un chico de una de esas comunidades –planteó–. Cuando llueve fuerte varios días seguidos y el camino se hace barro, la escuela que queda a varios kilómetros se vuelve imposible de alcanzar. ¿De qué hablamos, en este caso, cuando nombramos el derecho a la educación?”.

También contó que, “con el calor y la humedad llegan los mosquitos, y con ellos enfermedades como el dengue; lo que está en riesgo entonces es su salud”; y que “cuando el arroyo crece y arrastra todo, el agua que toma su familia deja de ser segura. Y si el monte donde aprendía de sus mayores se sigue achicando, lo que pierde es también su cultura, su manera de estar en el mundo”. Se preguntó entonces “¿dónde quedan sus derechos a la salud, al agua, a la cultura?”.

En la tarea judicial frente a estas vulneraciones, Jiménez destacó que, en 2023, el Comité de los Derechos del Niño estableció la garantía para las infancias a crecer en un ambiente sano y que, dos años después, la Corte Interamericana de Derechos Humanos “reconoció el derecho a un clima sano, pidió una protección especial para la niñez y dijo algo muy importante para quienes estamos en esta sala: ese derecho no es solo una aspiración colectiva, cualquier persona, también un chico, puede ir ante un juez a reclamarlo”.

En cuanto a la situación argentina, destacó el hecho de que la reforma constitucional de 1994 haya incorporado en el texto de la Carta Magna la Convención sobre los Derechos del Niño y el deber de cuidar el ambiente sin comprometer a las generaciones futuras.

Sin embargo, remarcó que, “entre lo que dicen esos textos y lo que pasa en un barrio inundado hay una distancia enorme”, y aclaró que “los tratados no secan casas ni acercan escuelas”, por lo que “achicar esa distancia” es, en buena medida, el trabajo de quienes integran el sistema de justicia. “Cuando el daño se ve venir, y hoy se ve venir, quedarse quieto también es una forma de decidir”, subrayó.

Recordando al Papa Francisco en la encíclica Laudato si’ cuando señaló que “el mandato bíblico de labrar y cuidar la tierra quiere decir proteger, custodiar, preservar, guardar y vigilar”, un planteo que hoy León XIV retoma en su magisterio social, Jiménez planteó: “Si cuidar la tierra y cuidar a un chico son, en el fondo, la misma tarea, entonces la justicia ambiental y la justicia social van de la mano”.

Por eso, más allá de referirse a quienes niegan estos argumentos, se mostró preocupado por la naturalización de situaciones de injusticia: “Acostumbrarnos a ver que un niño y su comunidad quede aislada cada vez que llueve, o a que su barrio se inunde todos los veranos, y llamarlo mala suerte, o una desgracia inevitable”.

En este escenario, destacó la esperanza que le genera la actitud de las propias chicas y chicos que en Argentina “salieron a la calle a pedir que se tome en serio la crisis climática” y “se organizan para pensar soluciones ecológicas para las familias a las que no les llega la red eléctrica”.

También recordó la vez en que Francisco le preguntó a un grupo de juezas y jueces reunidos en el Vaticano “si se puede ser un buen magistrado mirando para otro lado frente al sufrimiento ajeno”, una disyuntiva que consideró de plena vigencia: “Frente a los chicos y al clima ya no queda un costado hacia dónde mirar”, aseguró.

Para concluir, propuso un compromiso a las y los presentes en la Santa Sede: “Que cada uno, desde donde le toque, trabaje para dejarles a estos chicos un futuro que no sea solamente posible, sino también lindo de vivir. León XIV habla de sembrar semillas de justicia con dedicación y ternura. Sembremos, entonces, pensando en los que todavía no nacieron. Ellos van a cosechar lo que decidamos hoy”.